Lausanne eterna

Ceñida en negro, Coco Chanel caminaría en los años sesenta entre las caprichosas calles de Lausanne. A orillas del lago, en Ouchy miraría el intenso cielo azul y los Alpes pintados de alegres tonalidades sobre el espejo de agua. Éste era y sigue siendo el Lausanne de la Belle Époque que en su momento cobijara también a Charlie Chaplin, Benito Mussolini y Charles Lindbergh.

Es una ciudad donde puedes absorber lo que a Suiza le sobra para hechizar; por ello no extraña que celebridades de ayer y hoy hayan adoptado esta gema enclavada en el corazón de Europa. Aquí la tradición perdura; los hoteles favoritos de Coco continúan encantando a quien precisa de glamour. El Beau-Rivage Palace desafía el tiempo a orillas del lago al igual que el céntrico Lausanne Palace, cuya mejor suite ostenta el nombre de Coco y se ofrece por 5 mil dólares la noche. Desde ambos monumentos del buen vivir se aprecia la belleza del lago Leman (o Lago de Ginebra, según quien lo diga), donde surcan barcos de vapor de antaño, de 130 años para ser precisos.

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La flota Belle Epoque de 8 embarcaciones, atraviesa uno de los lagos más grandes y bellos de Europa. Dibujando estelas estos barcos trasladan a sus pasajeros con rueda de paleta hasta Ginebra, Evian, Montreux y Vevey. Para el visitante existen paseos especiales para apreciar los viñedos de Lavaux, patrimonio de la UNESCO y el Chateau de Chillon, fortificación de la Edad del Bronce que inspiró a escritores como Victor Hugo y Jean-Jacques Rosseau. Durante tu estancia puedes paladear festines de cinco tiempos del chef Philippe Chevrier.

En Lausanne, los lugareños suben las escaleras de madera construidas en el siglo XIII para llegar a la Catedral protestante de Notre-Dame, reconocida como la edificación gótica más importante de Suiza. Si aún te queda aliento puedes subir los 232 escalones de su torre principal, donde la magnificencia de Los Alpes y el lago a sus pies arrancan más de una lágrima. Fiel a una tradición de más de 600 años, Lausanne mantiene un centinela que “vigila” desde esa torre que no hubiera incendios durante la noche. Aunque hoy innecesario, el guet de la Catedral trabaja todo el año anunciándose a sí mismo dando la hora (entre 10 PM y 2 AM), en señal de que la ciudad se encuentra en orden. Su voz es familiar para todos los Lausannois y en su honor se le pidió grabar su voz anunciando las estaciones del metro de la ciudad.

Lausanne es la ciudad más pequeña del mundo que cuenta con un metro. Junto con sus trolebuses eléctricos y autobuses, el sistema de transporte es uno de los más completos de Europa. No hay rincón que no cubra y por supuesto, opera bajo el yugo de la puntualidad suiza.

Un detalle único en Europa es que todo huésped de hotel en Lausanne recibe a su llegada una tarjeta que le da acceso gratuito al sistema de transporte urbano, cortesía de las autoridades locales. Esto habla de la apertura de la ciudad hacia el visitante. 

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De hecho, Lausanne tiene una vocación internacional, impulsada en gran parte por sus universidades. Es un lugar por excelencia para estudiar francés durante el verano; muy similar a la función de Cambridge, Inglaterra para aprender inglés. No sorprende tampoco que su vida universitaria impulse el deporte y las artes. Desde 1914, la ciudad alberga al Comité Olímpico Internacional, el cual cuenta con un Museo Olímpico donde se tiene el mayor acervo sobre las Olimpiadas en el mundo.

Los amantes de las artes encontrarán manifestaciones muy variadas durante el año, destacando que en junio y diciembre se puede disfrutar del Bejar Ballet Lausanne, compañía de danza de talla mundial y orgullo de la ciudad desde 1987.

Para llegar a Lausanne puedes llegar a Ginebra y tomar el tren que bordea el lago. Desde que te aproximas por el camino sabrás por qué Coco decidió soñar en esta tierra y dormir para siempre en sus aguas y sus montañas…

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